Las ancianas llevan a sus hijas a los caminos, a los alberges y a
sus tiendas y son a veces diez, veinte o treinta; las hacen yacer con los
citados mercaderes y luego las casan. Y cuando el mercader se ha recreado a su
antojo, ha de regalarle alguna joya, para que pueda demostrar que alguien ha
tenido trato con ella. Y la que más joyas tiene, señal de que ha yacido con más
hombres; así pues, antes se casa.
MARCO POLO “La descripción del mundo”
Y venían
las madres con sus hijas hasta mi tienda plantada en el valle, cerca de la
ciudad que guardaba, tras el severo cinturón de sus murallas, virginales
tesoros. Cansado del camino, de tantas singladuras y jornadas acumuladas en el
alma, pesada carga de tiempo imposible de aligerar
o cambiar como el mudable cargamento de mi carro, desplegué la lona curtida por
todos los vientos y situé la tienda
frente a la ciudad que al día siguiente recorrería, ansioso como estaba por
conocer sus gentes, sus aún ignoradas costumbres, las construcciones sugeridas bajo
los pináculos resplandecientes al último sol de la tarde tras las murallas y los
nombres que daban a los vientos y a las cosas. Has de plantar tu tienda en el
valle, me dijeron, junto a las de los otros mercaderes y esperar. Es la
costumbre. Mañana hallaréis las puertas abiertas. Y así lo hice.
Y venían las madres con sus hijas hasta mi
tienda. Me traían las madres a sus hijas de piel morena y andares de céfiro. Unas,
las menos, con el terso cuello desnudo, otras, luciendo hermosas joyas en torno
a él. Vírgenes, según supe después, o merecedoras de un inminente matrimonio. Yo
entonces sabía ya lo que era dejar atrás mares enfurecidos, tantas veces puestos en pie, cruzar montañas y desiertos
donde la nieve y la arena borraban todos los caminos, y sabía también que aceptar
los usos, hábitos y tradiciones de los lugares de tránsito, era moneda habitual
y, muchas veces, garantía de supervivencia.
Mientras mis ojos recogían el
esplendor de la postrera luz del día sobre los ebúrneos cuerpos juveniles, mis
oídos, captado ya el mensaje, se cerraban a cal y canto a la mercantil
invitación de las madres, algunas ya ancianas, cumpliendo un rito aceptado como
se acepta la lluvia, el viento y los dioses. Recorría con la vista el mágico
perfil de las muchachas, los muslos inquietos, los pechos de gacela, los
rostros modelados por un viento divino, la amanecida belleza contra el sol del
ocaso. Y unos ojos detuvieron los míos. Una saeta de fuego verde me dejó ciego
de repente o, al menos, huérfano de un mirar que no fuera aquel tierno mirar de
amanecida que emanaba de unos ojos gárrulos y sumisos a un tiempo.
Ojos de
alondra sin nido que me observaban, desnudos, bajo la bruna cabellera revuelta,
entre sedientos pliegues de sábanas y epidermis, en los cálidos confines de mi
reino de tela y mercancías. Ojos de mudas respuestas expresivas a mis preguntas
sobre su dueña, su pueblo y sus costumbres. Ojos ávidos de experiencias, sobre
un cuerpo núbil destinado a yacer con muchos hombres antes de hacerlo con un
príncipe de su tierra. Ojos que deseé para mí sólo, incumpliendo la norma
capital de todo mercader, aquella que dice que todo es susceptible de venta o
trueque. Pero yo entonces no conocía el amor.
Las mágicas
aves de la noche alejaron los temores nocturnos, los peligros reales o
imaginarios que tantas veces rondaron mi tienda, los fantasmas de la soledad y
el miedo a lo desconocido, siempre vencido por mi afán de saber, de conocer, de
ir más allá de lo inmediato y sabido, que
confería entidad y significado a mi oficio, elegido libremente entre todos los
posibles. Y trajeron la lluvia, inusitada en aquella época del año. La lluvia
con su insistente repiqueteo quería descubrir el amor que brotaba, más
incontenible que ella, bajo la lona. El amor que hacía tambalear los cimientos
de mi ser y mi razón. Bien saben los dioses que en aquellos momentos mi vida
nómada no tenía sentido alguno. Si existe el paraíso que prometen ciertas
religiones más allá de la muerte, será pálido reflejo del éxtasis y placer de
la noche aquella.
He
recorrido todo el mundo conocido comprando y vendiendo, trocando corales por
metales, metales por paños y paños por rocas esculpidas por el viento, artículos
intranscendentes por objetos valiosísimos. He visitado países donde el oro y
las perlas crecen como la hierba y no tienen el menor valor para sus
habitantes, ciudades hospitalarias donde los maridos me ofrecían a sus esposas
y los padres a sus hijas porque es su costumbre y su ley. He visto quiméricos tesoros
y descubierto insólitas culturas, mujeres que semejaban diosas y diosas
idénticas a mujeres. Me he complacido en placeres, frutas y viento. Me he
introducido en los vericuetos de cuantas religiones he conocido y de las más
impías convicciones. He recorrido muchos caminos buscando la impagable presea
de aquella noche, perdida ya para siempre. Me pregunté, tendida ella a mi lado,
en placentero relajamiento, interludio de la amorosa batalla, cómo podría
comprarla, por qué singular ofrenda conseguiría canjearla. Afortunado y
desdichado mercader tenía entre mis manos el tesoro más preciado: piel de
aceituna con un edénico tinte rojizo, suave como los tejidos del oriente, tersa
y dúctil como el oro de la gran península, ondulada como un objeto conformado
por el mar y el viento tras largos años… Pero habría de dejarlo para otro.
La noche, mecida por la lluvia, avanzaba
inexorable sobre los montes mínimos cuyas cimas, sonrosadas y erectas, rozaban
las nubes de mis labios, sobre los lentos declives de los muslos prietos,
prometedores como riberas fértiles. Saboreé sus encantos contando con los
dientes el vello rizado de su pubis. Y cesó de llover.
Todos mis
intentos por conseguirla al clarear el alba, resultaron vanos. Aunque sabía que
no poseía objeto alguno comparable a su belleza, intenté, usando mis recursos y
ardides de comerciante, comprarla. Rogué, desnudé mi alma con una sinceridad
que sonaba falsa, pensé en raptarla, ofrecí quedarme allí para siempre, hacer
lo que fuera con tal de estar a su lado. Terminé viéndola partir entre los
suyos, luciendo en su cuello un ídolo dorado engarzado de rubíes, preciada
herencia que recibí de mis mayores y juré conservar hasta el fin de mis días.
No entré en la ciudad. Desolado, regresé a mi tienda a esperar la noche entre sedas vacías.
He andado
muchos caminos desde entonces. Me he enriquecido y sumido en la mayor de las
miserias. He sido víctima de salteadores y huésped de reyes. Como el mar, he
hundido embarcaciones y alumbrado espléndidas islas. He comprado objetos
manchados de sangre y vendido perlas inmaculadas. He traficado con lo que para
unos es sagrado y para otros abyecto. He sido fiel a mi oficio, tanto en la paz
como en la guerra. Y he sobrevivido burlando religiones, creencias, usos,
costumbres y leyes que al final son siempre la misma: la vieja ley de la
supervivencia. He descubierto siempre, bajo cualquier vestido, un cuerpo de
mujer estremecido. Y recuerdo, desnudos, sobre un cuerpo núbil y rendido, unos
ojos. Aquellos ojos. La noche aquella. La muchacha que hice mujer bajo la
lluvia, bajo la lona, debajo de mi orgullo de mercader, en este mismo valle
donde he plantado mi tienda tanto tiempo después.
Y vienen las madres con sus hijas de
piel morena y leve tonalidad rojiza, vírgenes unas, otras con joyas en el
cuello. Sólo tengo que elegir a una de ellas para soportar el frío de la
soledad nocturna. Admiro el mágico perfil de las muchachas, los muslos
inquietos, los pechos de gacela, el rostro cincelado por un buril divino, la
amanecida belleza contra el sol del ocaso. No quiero escuchar la monótona
exhortación de las madres proclamando las virtudes de sus hijas. Sólo una no
habla. Me mira desde el fondo de sus ojos verdes, ojos de alondra que anidó en
otro lecho, evocadores de la noche y de la lluvia sobre el fulgor dorado de su
cuello. Acompaña a una joven de ojos airados que miran a su madre sin
comprender su silencio, su inexplicable desinterés para que este viejo mercader se decida por ella. Ojos de asombro al resultar elegida, pese a ello.
Ojos que me observan, desnudos, bajo
la bruna cabellera, sobre las sábanas ahítas, debajo de la lona acariciada por
la luna, verdes de asombro y agua detenida. Ofendidos ojos de muchacha tendida que
no comprende por qué este canoso y estúpido mercader le ofrece sus tesoros sin
poseerla.
He de conocer muchos hombres, para poder desposarme. Goza cuanto
quieras y, luego, aceptaré tus regalos, dice. Y los mágicos pájaros de la noche
se posan sobre la tienda. Pero no traen la lluvia. En esta época del año no
suele llover.
Jesús Andrés Pico Rebollo
Este relato obtuvo el Primer Premio en el “I Certamen de Narrativa Corta LVDLPEI”, Bilbao, 2009
