A
mi madre, con su ausencia meciéndose al viento de Las Cercas donde esparcí sus
cenizas y mis recuerdos.
Las
palabras que mueren con nosotros,
los
recuerdos que nadie ya atesora,
los
lugares que cambian o perecen,
los
nombres de las aves sin las aves,
las
cosas en desuso y sin museos,
la
esencia, los aromas, y aire alto
sin
tarros ni arboledas que lo acojan.
El
agua descendiendo de las fuentes
cantarinas
y claras como un cielo
transparente
posándose en los labios
en
liquida oración que se evapora.
La
jacilla que dejan en el alma
palabras
asentadas en la tierra,
volanderos
vocablos que se agostan
al
rescoldo invernal de los braseros.
El
peso de la paja bajo el trillo,
la
carama en el rostro de la aurora,
el
cotarro desnudo, el arenal
como
un río nocturno entre los pinos,
los
rastrojos baldíos, los barbechos,
sin
perdices al salto ni simientes,
las
azuelas que escardan los recuerdos,
el
cielo aborrascado de la ausencia,
el
azul de tus ojos tan lejano
buscando
en otro cielo tu sustento,
el
cayado quebrado de tu esposo,
tus
ancestros de nuevo congregados
en
el tiempo sin fin de la memoria.
Territorios
de ausencia donde esperas,
junto
al niño que fui, a que regrese
con
las palabras tuyas en la boca,
las
aladas palabras campesinas
posando
en las aradas sus olvidos.
Espérame
en Las Cercas que ya llego.
En
la tarde vencida alguien contempla
incendiados
sardones bajo un cielo,
todo
llama de luz, hecho horizonte.
Jesús
Andrés Pico
de
“Virina”, libro inédito.