La luz crepuscular aún deja ver el lago y las montañas. El
viejo barco de remos, permanece
atado a la estaca del improvisado embarcadero. Hace mucho que esta pequeña
embarcación de pesca, no surca las aguas, desde que desapareció Karim de forma
inexplicable. —Karim, esposo y padre amantísimo—. Por nada del mundo se hubiese
separado de ellas. Saihza es su amor y Leiza es su niña… su tesoro más preciado.
Es fácil deslizarse por sus aguas tranquilas, sin que esta gran concentración,
formada con la confluencia de los ríos y manantiales de las montañas adyacentes,
pierda la condición de gran balsa, de olas perezosas y suaves. Por las mañanas,
la superficie aparece rizada al paso de los bancos de peces.
Cada
atardecer al llegar este momento, el sol amenaza con la oscuridad inminente,
una vez traspasa las cimas de las montañas, Saihza no puede resistir el deseo
de entrar en el vientre tibio de sus aguas, dejarse envolver por el recuerdo de
Karim, creer que se encuentra en lo reconfortante de sus brazos. Lo echa a
faltar y se pregunta qué habrá sido de él.
El pozo más cercano está a
veinte Km y no tiene otro remedio que desplazarse hasta allí. El perro le ha
gastado una mala pasada. El día anterior, al dejar en el suelo el pellejo de
cabra, Zuki, le clavó los dientes sin que ella se diera cuenta. El odre debió
permanecer goteando de forma continuada toda la noche, hasta quedar apurado.
Ponerse en marcha a aquellas horas, en la noche fría y oscura, a través del
desierto, no es algo que le apetezca. Pero debe hacerlo.
—No hay nada que pensar —se
dice con determinación.
Entra en la chabola y
tomando a la pequeña Leiza a la que apoya en la cadera, se encamina hacia la
choza donde vive su hermana, intentando no hacer demasiado ruido a aquella hora
avanzada.
—Johari, Johari —llama
mientras se acerca, con voz queda— Su hermana asoma la cabeza, y al punto hace
un gesto en el que expresa, que cree saber lo que sucede.
—No me digas nada. —le dice
levantando las manos y dejándolas caer sobre sus piernas— ¡Otra vez te has
quedado sin agua en plena noche!
—Sí… aunque esta vez ha
sido culpa del perro. Mordió el odre y yo no me di cuenta.
—
¿Has cogido
otro? —pregunta su hermana por precaución— Ya sabes que aunque lo hayas
intentado arreglar con grasa de cabra, no te dará buen resultado… la presión
del agua…
—Sí, llevo otro. —Contestó cortándola—
¿Me tomas por tonta?
—Bueno, apúrate y vuelve
pronto. Estaré más tranquila a tu regreso. —expone mientras toma a la niña en
los brazos.
—Me voy —Saihza se pone en
marcha, a la vez que deja caer sobre sus hombros un manto recio de algodón.
— ¡No te preocupes por
Leiza! —la tranquiliza levantando un tanto la voz conforme Zaihza se aleja— Le
daré leche de cabra si tiene hambre.
—Adiós —se gira un momento.
Después agarra los extremos del paño y cubriéndose la cabeza, los anuda sobre
el cuello.
La noche extiende sobre la oscuridad un
manto de estrellas, nítidas, radiantes. Para orientarse en el desierto son tan
importantes, que sin ellas no sería posible desplazarse por él. Saihza avanza
con paso ligero, todo lo rápido que permite andar con sandalias sobre la arena.
De vez en cuando alza la vista al cielo, en la confirmación de que sigue la
dirección correcta. Después de mucho caminar, a lo lejos se divisa el pozo y
conforme se acerca, observa algo que la sorprende… Todo su diámetro interno se
halla iluminado, y aun la luz transciende fuera de él. Sí no supiera que eso no
puede ocurrir, diría que una estrella ha caído dentro. Su cuerpo, adopta la
posición de un animal que acecha a la presa, se acerca con cautela. Hubiese
preferido salir corriendo, pero le detiene la necesidad de agua. Se aproxima con
más miedo que curiosidad, y mira en el interior del cubo sumergido. Algo
concentra todo el foco de luz, esparciendo por la oquedad un resplandor
intenso. Iza el cubo. Lo toca con la precaución que se tocaría una brasa,
retirando la mano rápido. No quema. Ni siquiera está caliente. Lo que contiene
el cubo tiene forma de esfera y parece girar con velocidad desproporcionada. No
mide más que dos o tres cm.
Saihza se da cuenta, que no
es más que el efecto que producen unas imágenes confluyendo en esa redondez
deslumbrante, hechos habidos y por haber que parecen llegar desde todos los
puntos del cosmos, a ese mismo punto sin superponerse.
Ve una gran explosión, que esparció energía y
materia en un proceso en el que devino la vida, concluyendo que todos somos
uno, (materia, vida, y energía). Ve los puntos más extremos y opuestos del
carácter del ser humano: Los aciertos, los errores, las cosas buenas, la ruindad.
Ve las guerras y abre los ojos como platos, al ver la caída de las torres
gemelas cuando aún no ha sucedido. Los estragos ocasionados por las
inundaciones y tantas muertes por el holocausto. Comprende que el mundo casi en
su totalidad se odia. Ve la abundancia de cosechas en tierras labradas y torrentes
de agua por doquier, y que es el hombre el que permite que África sufra tanta
hambre y sequía. Ve a Karim llevado a la fuerza a luchar en las guerrillas. Se
le encoge el corazón sobremanera, el verlo muerto, tirado en ninguna parte, con
el pecho destrozado ahogado en su propia sangre. Ve a Leiza convertida en una
joven universitaria y después casada, viviendo en Mombasa. Ve las grandes
nevadas. Ve por primera vez toda la extensión del mundo. Ve los caballos libres
al trote, en Alberta; su belleza salvaje. Ve tantas cosas, que es imposible
expresarlo todo. No obstante, lo que nunca podrá olvidar… es la gran revelación
que supone para ella el saber que África es considerada por los científicos, «Cuna
de la Humanidad». Y entendía que, si bien el racismo pertinaz, intentó
convertir a este país en el culo del mundo, no lo consiguieron. Aun negando la
evidencia y exhibiendo esa piel de exacerbada palidez, los humanos vinieron al
mundo con el mismo envoltorio… La piel negra que tanto desprecia una gran
mayoría. Era curioso y lamentable… África dio al ser humano más de lo que
recibió nunca.
Auri.
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Aurelia García |
Cree Borges, en su relato, que Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.
ResponderEliminarAhora sabemos, gracias a ti, que el verdadero Aleph se encuentra en África.
Lo he leído por segunda vez y me gusta más aún que la primera... Es un relato lleno de humanidad y muy bien escrito..
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