LA CAL
Mi infancia fue un rectángulo
de cal fresca, de viva cal
con mi alegre solitaria
sombra
(de Blanco, Rafael Alberti)
Hoy no encalé los árboles, padre mío,
las hormigas movían largos senderos verdes
y los musgos dolían con voz de vegetal,
ya sé que hoy hace sol y se seca la grama;
pero no pude hacerlo y me vestí de blanco.
El cerezo se muere tras el ojo certero
que se coló desnudo en el portón abierto,
el zócalo es, ahora, cal bien seca y firme,
yo me lavo las manos vestida de payaso
y me cubro los ojos para no deslumbrarme.
La luz en blanco y negro de la fotografía
embelleció de pronto los troncos de los árboles,
apenas ya recuerdo la mañana temprana
en que nació la nieve por los azules troncos.
Son surcos como escamas de tierra hecha jirones
que llevan la semilla de piececitos planos
que mataron al gato con cariño de niña,
son caminos de piedra en el árbol dormido
que el presente dibuja y me viaja por dentro…
La latita de la cal colgaba de mi brazo
para ubicar la altura del horizonte curvo,
qué fácil y qué blanco se dibujaba el mundo
desde el olor silente de aquel ocre misterio
que cambiaba el paisaje con la pequeña brocha.
Pasó con el olvido, como con esa piedra
que el agua tornó en agua, agua para encalar:
me fluye la memoria tan blanca, tan segura,
que palpo aquel blancor y me quemo las manos.
Poema galardonado con el premio Día Internacional de la Poesía, Segovia, 2013
Recogido en el libro del Certamen y en Ojos (2015)

