LOS CIEGOS
Dicen que en una ocasión,
yendo juntos de paseo,
entre un ciego y un ateo
se trabó conversación.
Y aunque el ciego no veía
la luz, ni el sol vislumbraba,
con gran ardor ensalzaba
los resplandores del día.
Diciendo, que un mundo diera
por ver la rosada aurora,
que con sus rayos colora
las flores de la pradera;
por ver de la noche en pos,
y los rayos del sol ardiente,
y atónito y reverente
postrado alabar a Dios.
— Entonces —dijo el ateo—
presumo, querido amigo,
que al ir paseando conmigo,
me envidiarás porque veo?
—No es envidia, es compasión,
—dijo el ciego con enojos;
— yo soy ciego de los ojos,
pero tú de la razón.
Y fácilmente verás,
si a demostrártelo llego,
que soy, en verdad, yo ciego,
pero tú eres mucho más.
Que sin vista, resplandece
dentro de mí una creencia;
pero a tí tu inteligencia
todo en torno te oscurece.
Y en resolución, que es
tal tu situación de ateo,
que yo sin los ojos veo,
y tú con ellos no ves . . .
Calló el incrédulo, y luego,
disculpándose cual pudo,
dijo:—¡En verdad ahora dudo
cuál de los dos es más ciego!
Ezequiel Solana
Recita: Antonio Bizarro
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